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| Fuente de la imagen: mvc archivo propio |
La singularidad de Mon Amour alcanza su plenitud durante la fase de transformación en la bodega, donde el mosto limpio se traslada a barricas de roble francés de 225 litros para desarrollar tanto la fermentación alcohólica como la maloláctica, lo que añade capas de complejidad y suavidad al perfil del vino. La crianza de doce meses sobre lías finas, acompañada de periódicos trabajos de «battonage», otorga al caldo esa densidad glicérica que se hace evidente al observar su brillante color amarillo dorado y su movimiento en la copa (Bodega de Forlong, 2026). Desde el punto de vista organoléptico, el vino propone un viaje sensorial: en nariz sorprende con una amalgama de aromas que van desde la exuberancia de las flores tropicales hasta toques balsámicos que anclan el vino a su origen, pasando por matices de plátano caramelizado y cítricos (Bodega de Forlong, 2026). Al degustarlo, el paladar experimenta una evolución fascinante que comienza con una acidez sutil, seguida de una salinidad mineral punzante, testimonio directo de la albariza donde crecieron las cepas. Esta sapidez guía el vino hacia el centro de la boca para luego expandirse con una amplitud sorprendente, dejando un recuerdo largo y persistente que lo convierte en un acompañante versátil para una gastronomía diversa. En conclusión, se trata de una interpretación magistral de la Palomino que equilibra la nobleza de la madera con la frescura indómita de la tierra.
