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| Fuente de la imagen: mvc archivo propio |
Al descorchar Luzel, nos sumergimos en una experiencia sensorial donde los aromas a flores blancas y la dulzura de las frutas de hueso estallan de forma inmediata. En el paladar, se transforma en lo que la bodega describe acertadamente como seda líquida, ofreciendo una textura elegante que es, al mismo tiempo, fresca y notablemente equilibrada. Su dulzura posee la virtud de la ligereza; es una caricia que envuelve el sentido del gusto sin resultar pesada, dejando tras de sí un rastro delicadamente perfumado. Por su perfil aromático y su estructura, es el acompañante idóneo para elevar el momento de la sobremesa, armonizando de manera sublime con postres elaborados en almíbar o con la intensidad de los quesos cremosos. Pero también invita a la contemplación solitaria o compartida, siendo el vino perfecto para simplemente servir una copa y brindar con el ocaso, dejando que el final del día se funda con la luz que le da nombre. Fuente de la imagen: mvc archivo propio.
